lunes, 28 de abril de 2014

Meditación: Hechos 4, 23-31

Liturgia del día 

Señor… concede a tus siervos anunciar tu palabra con toda valentía (Hechos 4, 29)

Lo notable de este pasaje es la forma en que estos primeros cristianos oraban: con fe, esperanza y sin absolutamente ninguna duda de que sus oraciones serían contestadas. Parafraseando, lo que decían era: “Dios nuestro, tú dijiste que esto sucedería. Ayúdanos a perseverar y demostrar que Jesús es tu Hijo, actuando con poder cuando oramos en su nombre.” Ellos oraban con absoluta confianza y esperanza, y Dios respondía en forma inmediata y poderosa (v. Hechos 4, 31).
Los primeros cristianos pudieron orar así porque creían en las promesas de Dios, y realmente esperaban que del cielo llegara el poder. Esta fe llena de esperanza fue la característica de los primeros cristianos, y más que eso, es el sello de todos los cristianos que, a través de los siglos, han conocido a Dios como Padre.
Cada vez y en todo lugar que los creyentes han actuado con fe, Dios ha cumplido fielmente sus promesas, dando fortaleza a su pueblo para soportar tribulaciones, valentía para proclamar su nombre, valor para arrepentirse y apartarse del pecado, y la sabiduría necesaria para enfrentar los problemas de la vida diaria.
El Señor quiere que hoy nosotros tengamos la misma confianza en él y que lo veamos como nuestro Padre. Jesús anhela transformarnos de un modo tal que podamos entender su gloria. Esto lo vemos en el hecho de que el Padre envió a su Hijo único, Jesús, no a condenarnos, sino a hacernos volver a él (Juan 3, 16-17), y habiéndonos dado a su único Hijo, ¿iba a privarnos de alguna otra cosa que necesitásemos?
Pídale al Espíritu Santo que le haga comprender esto claramente, para que su confianza en Dios aumente. Ante los problemas cotidianos, a veces nos sentimos solos y desvalidos, pero no lo estamos. Ya sea que se trate de problemas matrimoniales, hijos rebeldes, enfermedades o muchas otras situaciones, podemos contar con la ayuda del Señor. Dios nos ama y quiere que confiemos en él. Ore con confianza, pídale ayuda y luego haga lo que él le indique; así verá que el poder de Dios se derrama desde el cielo.
“Señor Jesús, ayúdanos a depositar completamente nuestra vida en tus manos. Enséñanos que contigo podemos enfrentar cualquier situación con valentía y esperanza.”
Salmo 2, 1-9; Juan 3, 1-8

viernes, 25 de abril de 2014

Meditación: Juan 21, 1-14

Evangelio del Día 


Una mujer que llora acongojada y agobiada por la muerte de su querido maestro (Juan 20, 11); dos caminantes confundidos y apesadumbrados porque todas sus esperanzas y sueños se han desvanecido (Lucas 24,13); unos cuantos pescadores que salen a pescar para no pensar en la tragedia vivida (Juan 21, 3)… Ciertamente estas circunstancias no parecen las ideales para que el Hijo de Dios revelara el esplendor de su resurrección.
Los discípulos eran personas comunes y corrientes, que debían sortear las dificultades propias de la vida ordinaria; sin embargo, era necesario que el Señor se dejara ver por ellos.

Los discípulos habían trabajado toda la noche sin pescar nada, de modo que estaban cansados, frustrados y de mal humor. Pero de pronto, desde la playa, un desconocido los llama y les dice que intenten de nuevo. Con cierto desánimo lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces que se olvidaron de todo lo que habían trabajado en vano.
Este episodio de la pesca milagrosa demuestra claramente la diferencia que hay entre buscar soluciones para la vida diaria confiando nada más que en la inteligencia humana y los recursos naturales, o bien, rindiéndose ante el Señor y confiando en su gracia, seguros de que él sabe cambiar hasta las situaciones que parecen más irremediables. En efecto, Jesús nos ama tanto que desea hacerse presente en todas las circunstancias de la vida, para reanimarnos y guiarnos con su sabiduría, porque quiere que sepamos que por graves que sean las dificultades que enfrentemos, jamás nos dejará solos.
Cristo prometió que todos los que lo busquen lo encontrarán (Mateo 7, 8) y tendrán reposo para sus almas (11, 29). ¿De dónde viene esta serenidad? De la gracia de Jesús, porque Él conoce todo lo que hacemos, pensamos y sentimos, y nos ama, nos perdona y promete estar siempre con nosotros. Los que están bien dispuestos a recibir el toque de Jesús pueden enfrentar la vida con una fortaleza que no viene de sus propias fuerzas, sino del poder del Espíritu Santo. Ellos también, como san Pedro y los demás apóstoles, dan fruto abundante cuando obedecen humildemente las instrucciones del Señor.
“Jesús, Señor nuestro, ayúdanos, por tu Espíritu Santo, a conocerte más, para que sepamos amarte mejor y dar testimonio de que tu poder es más fuerte que todo lo que conoce, ha conocido o conocerá el mundo.”
Hechos 4, 1-12; Salmo 117, 1-2. 4. 22-27

martes, 22 de abril de 2014

¿Y TU QUE ERES, ZANAHORIA, HUEVO O CAFÉ? 


Una hija se quejaba con su padre acerca de su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar.

Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo.  Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre fuego 

fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo.

En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra.

La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre.

A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un bowl. 
Sacó los huevos y los colocó en otro bowl.  Coló el café y lo puso en un tercer bowl.


Mirando a su hija le dijo: "Querida, ¿qué ves?"

"Zanahorias, huevos y café" fue su respuesta.

La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias.  Ella lo hizo y notó que estaban blandas.

Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. 
 Luego le pidió que probara el cafe.  Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.

Humildemente la hija preguntó: "¿Qué significa esto, Padre?" El le explicó que los tres elementos habian enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente.  La zanahoria llegó al agua fuerte y dura.  Pero después de pasar por el agua hirviendo se había 
 vuelto débil, fácil de deshacer.

El huevo había llegado al agua frágil.  Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido.

Los granos de café sin embargo eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua.

"¿Cual eres tú?", le preguntó a su hija. "Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?. 
¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?"

¿Y cómo eres tú?

¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero, que cuando la adversidad y el dolor te tocan , te vuelves débil y pierdes tu fortaleza?

¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable? Es decir, poseías un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación, un divorcio o un despido te has vuelto duro y rígido? Por fuera te sigues viendo igual, pero eres amargado y áspero, con un espíritu y un corazón endurecido?

¿O eres como un grano de café? El café cambia al agua hirviente, el elemento que le causa dolor.  Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor.  Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor tú reaccionas mejor y haces que las cosas a tu alrededor mejoren.

 ¿Cómo manejas la adversidad?

 ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?

Meditación de la Palabra Abril 22, 2014

En la primera lectura de hoy nos encontramos con miles de judíos reunidos como todos los años en Jerusalén para conmemorar la fiesta de Pentecostés, de modo que ya sabían lo que debía suceder ese día.
Pero, de repente, todo cambió. Empezó a soplar un viento inesperado y numerosas lenguas de fuego empezaron a danzar en el aire y el grupo de pescadores, que parecían estar bebidos, comenzaron a alabar a Dios a voz en cuello. ¡No iba a ser un día ordinario después de todo!
En realidad no tenían idea ellos de que lo extraordinario iba a transformarse en algo sobrenatural y, más aún, en un acontecimiento personal. Cuando Pedro anunció a la muchedumbre que esto se debía a Jesús y su milagrosa y salvadora resurrección, las “palabras les llegaron al corazón” (Hechos 2, 37). Aquello que había comenzado como una curiosidad, y tal vez una molestia que arruinaba los planes, terminó siendo una ocasión de gran alegría. No sólo Cristo había resucitado, sino que su propio Espíritu Santo actuaba poderosamente en ellos, moviéndolos a recibirlo en el corazón. La historia de Jesús vino a ser su propia historia, y la vida les cambió para siempre.
De un modo similar, María Magdalena vino a la tumba esperando encontrar el cuerpo de Jesús envuelto en lienzos mortuorios, ¡pero él no estaba allí! Su gran pena desapareció sólo cuando Jesús pronunció su nombre, llenando su corazón herido de vida y esperanza.
Estas dos historias nos dicen que Jesús tiene poder para mover los corazones y llevarnos a un nivel más profundo de fe; nos dicen que toda vez que se despierta nuestra fe, es preciso responder, por ejemplo, teniendo el deseo más profundo de seguir a Cristo, amarlo más y desear más lo divino que lo mundano. Nosotros no podemos cambiarnos a nosotros mismos. Es Dios quien lo hace, porque ¡el poder de su Espíritu transforma nuestra vida!
La gente de Jerusalén se sintió movida a aceptar el Bautismo y recibir el Espíritu Santo. La congoja de María Magdalena pasó a ser una gran alegría, y ella corrió para avisarles a los demás que había visto al Señor. Hoy, el Señor también tiene algo inesperado para ti. ¿Cómo le vas a responder?
“Gracias, Señor y Salvador mío, por resucitar y darme una vida nueva. Te doy infinitas gracias porque me estás cambiando y mi fe se está fortaleciendo.”
Salmo 32, 4-5. 18-20. 22; Juan 20, 11-18

martes, 15 de abril de 2014

¿Por qué Gritan?

Un día un sabio preguntó a sus discípulos lo siguiente:

- ¿Por qué la gente se grita cuando están enojados?

Los hombres pensaron unos momentos:
- Porque perdemos la calma – dijo uno – por eso gritamos.

- Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? – preguntó una vez más ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?

Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al maestro.

Finalmente él explicó: – Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho.

Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.

Luego preguntó: – ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña.Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.

Continuó: – Cuando se enamoran más aún, qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuan cerca están dos personas cuando se aman.

Luego el sabio concluyó: Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, llegará un día en que la distancia sea tanta que no encontrarán más el camino de regreso.

Meditación de la Palabra 

Martes 15 de Abril de 2014

San Pedro fue el primer apóstol que reconoció públicamente que Jesús era el Cristo, y el primero en declararse dispuesto a morir por él (Mateo 16, 16; Juan 13, 37), aunque la fortaleza que creyó tener no tardó en dar paso al miedo; afortunadamente, su caída lo llevó al arrepentimiento y a un claro reconocimiento de lo mucho que necesitaba la fortaleza y la gracia de Dios.
Hubo otro apóstol, “el discípulo a quien Jesús quería mucho” (Juan 21, 20) que no hizo declaraciones como éstas; simplemente se mantuvo cerca de Jesús: inclinándose junto a su Señor en la Última Cena y permaneciendo cerca de la cruz aquel primer Viernes Santo (Juan 12, 23; 19, 26), porque estando al lado de Aquel que lo amaba tanto encontraba toda la fortaleza y la valentía que necesitaba. ¿Con cuál de estas dos actitudes se identifica usted? ¿Se parece más a Pedro, que confiaba en sus propias fuerzas pero tropezaba cuando le asaltaba la prueba? ¿O es más como el discípulo amado, que confiaba en que Jesús le concedería las fuerzas necesarias para hacer frente a cualquier prueba y tentación?
Ningún cristiano tiene suficiente fortaleza o fidelidad para resistir todas las tormentas de la vida con sus propios recursos; todos necesitamos el apoyo y las fuerzas que solamente Jesús nos puede dar; todos tenemos que experimentar su victoria sobre el miedo y el pecado; todos necesitamos saber que Cristo venció a Satanás, que siempre trata de hacernos perder toda esperanza, como Judas, o de evitar la cruz, como Pedro. Solamente su gracia divina puede capacitarnos para aceptar nuestras limitaciones y convencernos de que necesitamos el amor y la misericordia de nuestro Salvador.
El testimonio del discípulo amado demuestra que el hecho de experimentar el amor de Dios puede capacitar al creyente no sólo para perseverar en la fe sino también para soportar cualquier peso. Comentando sobre el poder del amor de Dios, san Agustín dijo: “El amor renueva a las personas. Así como el deseo pecaminoso las envejece, el amor las rejuvenece. Enredado en los impulsos de sus deseos, el salmista se lamenta diciendo ‘Me he puesto viejo rodeado por mis enemigos’. El amor, en cambio, es la señal de nuestra renovación.” (Sermón 350, 21). Esta es una renovación que todos podemos buscar hoy mismo.
“Jesús, Señor mío, cuando caigo, tú me levantas y me sostienes. Ayúdame a confiar siempre en tu fortaleza y en tu amor. Gracias, Señor.”
Isaías 49, 1-6; Salmo 70, 1-6. 15. 17

viernes, 11 de abril de 2014


El diablo también está en el Siglo XXI, aprendamos del Evangelio cómo combatirlo



Homília del Papa Francisco del Viernes 11 de Abril  2014

Aprendamos del Evangelio a luchar contra las tentaciones del demonio. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que todos somos tentados, porque el diablo no quiere nuestra santidad. Y reafirmó que la vida cristiana es, precisamente, una lucha contra el mal.
“La vida de Jesús ha sido una lucha. Vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio”. Con estas palabras el Papa comenzó su homilía dedicada enteramente a la lucha contra el demonio. Una lucha – dijo – que debe afrontar todo cristiano. Y subrayó que el demonio “tentó a Jesús tantas veces, y Jesús sintió en su vida las tentaciones”, así como “también las persecuciones”. A la vez que advirtió que nosotros, los cristianos, “que queremos seguir a Jesús”, “debemos conocer bien esta verdad”:
“También nosotros somos tentados, también nosotros somos objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. ¿Y cómo hace el espíritu del mal para alejarnos del camino de Jesús con su tentación? La tentación del demonio tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en las trampas. ¿Cómo hace el demonio para alejarnos del camino de Jesús? La tentación comienza levemente, pero crece: siempre crece. Segundo, crece y contagia a otro, se transmite a otro, trata de ser comunitaria. Y, al final, para tranquilizar el alma, se justifica. Crece, contagia y se justifica”.
La primera tentación de Jesús – observó Francisco – “casi siembra una seducción”: el diablo dice a Jesús que se tire del Templo y así, sostiene el tentador, “todos dirán: ‘¡He aquí el Mesías!’”. Es lo mismo que hizo con Adán y Eva: “Es la seducción”. El diablo – dijo el Papa – “habla como si fuera un maestro espiritual”. Y cuando la tentación “es rechazada”, entonces “crece: crece y vuelve más fuerte”. Jesús – recordó el Santo Padre – “lo dice en el Evangelio de Lucas: cuando el demonio es rechazado, gira y busca a algunos compañeros y con esta banda, vuelve”. Por lo tanto, “crece también implicando a otros”. Así sucedió con Jesús, “el demonio implica” a sus enemigos. Y lo que “parecía un hilo de agua, un pequeño hilo de agua, tranquilo – explicó Francisco – se convierte en una marea”.
La tentación “crece, y contagia. Y al final, se justifica”. El Papa también recordó que cuando Jesús predica en la Sinagoga, inmediatamente sus enemigos lo disminuyen, diciendo: “Pero, ¡éste es el hijo de José, el carpintero, el hijo de María! ¡Nunca fue a la universidad! Pero, ¿con qué autoridad habla? ¡No estudió!”. La tentación – dijo Francisco – “implicó a todos contra Jesús”. Y el punto más alto, “más fuerte de la justificación – añadió el Pontífice – es el del sacerdote”, cuando dice: “¿No saben que es mejor que un hombre muera” para salvar “al pueblo?”:
“Tenemos una tentación que crece: crece y contagia a los demás. Pensemos en una habladuría, por ejemplo: yo siento un poco de envidia por aquella persona, por aquella otra, y antes tengo la envidia dentro, solo, y es necesario compartirla y a va a lo de otra persona y dice: ‘¿Pero tú has visto a esa persona?’… y trata de crecer y contagia a otro, a otro… Pero éste es el mecanismo de las habladurías ¡y todos nosotros hemos sido tentados de caer en las habladurías! Quizá alguno de ustedes no, si es santo, ¡pero también yo estoy tentado por las habladurías! Esta es una tentación cotidiana. Comienza así, suavemente, como el hilo de agua. Crece por contagio y, al final, se justifica”.
Estemos atentos – dijo también el Papa – “cuando en nuestro corazón sentimos algo que terminará por destruir” a las personas. “Estemos atentos – recalcó – porque si no detenemos a tiempo ese hilo de agua, cuando crecerá y contagiará será una marea tal que sólo nos conducirá a justificarnos mal, como se justificaron estas personas”. Y afirmó que “es mejor que muera un hombre por el pueblo”:
“Todos somos tentados, porque la ley de la vida espiritual, de nuestra vida cristiana, es una lucha: una lucha. Porque el príncipe de este mundo – el diablo – no quiere nuestra santidad, no quiere que nosotros sigamos a Cristo. Alguno de ustedes, tal vez, no sé, podría decir: ‘Pero, Padre, ¡qué antiguo es usted: hablar del diablo en el Siglo XXI!’. Pero ¡miren que el diablo existe! El diablo existe. ¡También en el Siglo XXI! Y no debemos ser ingenuos, ¡eh! Debemos aprender del Evangelio cómo se hace para luchar contra él”.
(María Fernanda Bernasconi – RV).